Crónica aventurera por la Baja California (PARTE 1).


Recorras como recorras la larga y aislada península de Baja California, será una experiencia diferente. Tierra despoblada, distancias enormes, mucha soledad, hacen de cada momento una historia, un encuentro con lo básico y lo relativo que viene a ser la vida.

La Baja nos ha recordado a la Patagonia, otra tierra límite de América, donde la ruta cobra una dimensión especial. En carro, en casa rodante, en bicicleta, en moto, en autostop, en autobús. Son los dos lugares donde más “aventura” y diversidad hemos encontrado en la carretera, pero aquí “los Americanos”, los “Snowbirds”, le dan un toque diferente y especial (menos bucólico) a las zonas donde se concentran para pasar el invierno al sol.

Salimos de La Paz y la punta sur con la idea de subir lentamente durante más de un mes la Transpeninsular, única carretera asfaltada principal que vertebra la península, con casi 2.000 km hasta llegar a Ensenada y Tijuana, la poblada zona fronteriza. Viajamos de “mochilazo” y por los precios caros del autobús nos atrevimos a pedir “raite”, como le dicen en México al auto-stop, una palabra que suena a menudo por la Baja.

Ahí comenzó nuestra pequeña aventura por la Baja, con una serie de encuentros que hicieron que cambiáramos la ruta para adentrarnos en la vida de personajes que no sólo te quedan en la memoria, sino que hacen del viaje ese hermoso aprendizaje diario fuera de las rutinas.

En 5 horas (una menos que en bus) y 3 vehículos hicimos los más de 350 km hasta Loreto. Un camionero llevando llantas para tractores al Valle, una enorme zona agrícola y ganadera en mitad del desierto. Un ranchero, con rasgos alemanes (el norte de México tuvo una colonización variada y más reciente) nos explicó que la preciada agua baja de la Sierra de la Giganta. Un policía de civil en su ordenada camioneta: “no se preocupen, voy armado por mi trabajo, vean, credencial y revolver. Van seguras ”.

Impresionante la Giganta, con sus formaciones rocosas que parecen de otro planeta, salpicada de enormes cardones (cactus), la carretera sinuosa bajando por una garganta hasta el Mar de Cortés, contraste de colores y formas que emocionan.


“May we help you? (¿les podemos ayudar?)”. Acabamos a bordo del lujoso carro de una pareja de jubilados de San Francisco-California. “¿Van a acampar? Conocemos un lugar bonito con jardín, más conveniente que los Trailers Parks. Llevamos 15 años viviendo acá, tenemos casa, venimos a pasar el invierno. Nos encanta Loreto, un pueblo tranquilo, hacemos kayak. Ahí se comen los mejores tacos de pescado. Allá, en el Orlando´s, pizza y buffet los sábados. ¡Colombia! Yo viví allá de pequeña, mi papá trabajó en la acería en Boyacá; mi familia es Inglesa”.

Así, gracias a esta pareja nos instalamos en el camping Palmas Altas, por menos de 100 Pesos diarios por las dos (5€) al quedarnos varios días. Sin ellos hubiera sido difícil dar con el lugar, sin letrero, en proceso de reapertura. Palmas hay muchas, Loreto es un oasis al borde del Mar de Cortés, como muchos de los asentamientos de esta zona. Un pueblo extenso, con aeropuerto internacional, condominios en las afueras y un resort con un verde campo de golf (chirría en el desierto). Todo ello, en medio del “vacío terrenal” de la Baja, lejos de todo, pero conectados con el mundo (¡cómo sería antes!).

Estuvimos solas disfrutando de la finca con Garreth, un Canadiense amigo de la dueña, encargado del lugar, quien nos dio la bienvenida en perfecto español, con una sonrisa y un cuerpo atlético y musculoso. Resultó ser “El Pedalero”, conocido en internet por muchos cicloturistas que preparan su viaje siguiendo sus consejos: ha recorrido América en bicicleta durante 25 años. Un personaje especial, muy activo, trabajó de “english teacher” en Buenos Aires varios años, anda con audífonos escuchando audio-libros o cursos de idiomas. Tiene una maestría en idiomas y ahorra durante el verano en Canadá plantando árboles. Vive de manera diferente, orgulloso de no tener nada más que lo que lleva en la mochila. Un placer conocer gente así.

Compartimos las brasas del fuego al atardecer. Nosotras asando unos pedazos de carne, Garreth comiendo más de un kilo de carne (hay que mantener ese cuerpo, dice que come una sola vez al día).

Estuvimos más de una semana en Loreto, la que fue “primera capital de las Californias”, visitamos la iglesia y la misión (hay un pequeño museo). Paseamos por las calles solitarias, son pocos los negocios abiertos, enfocados a Gringos y Canadienses, que alquilan o compran casas o llegan a instalarse en los “trailers parks” durante el invierno, con sus enormes casas rodantes. Sofisticada y rústica, así es la vida en Loreto, donde abundan las parejas de jubilados Norte-Americanos activos, cultos, relajados y de buen vivir.


Subimos por la sierra hasta la misión de San Javier, tras 40 km de curvas llegamos a un verdadero oasis con agua, olivos y campos de cultivo. Una inglesa, un escocés y una gringa en carro de alquiler nos dieron ride y una maestra con su padre nos bajaron de regreso. Esta misión nunca llegó a ser autosuficiente, cuentan. Por la vacía Sierra de la Giganta hay decenas de ranchos dispersos, con chivos, vacas y cultivos. Otro tipo de vida, lejos de la modernidad.

Platicamos con los pescadores en la Marina de Loreto. “Pescamos temprano y luego vendemos tours a las islas o a ver ballenas en temporada. Una vida sencilla, nos da para vivir”. Siempre rodeadas de pelícanos y gaviotas. Por el Malecón o en la playa no pudimos aventurarnos mucho debido al fuerte viento frío de esos días y Ainara se atrevió a meterse al frío mar sólo un día. Es invierno y se nota aunque luce un sol seco que quema.

Por Loreto pasan también cicloturistas, como Claudia y Michael, 2 alemanes pre-jubilados que llevan varios meses sobre sus bicicletas, primero en Europa y recién comenzando América. Cambiaron de planes ya que en principio pensaban recorrer Estados Unidos, pero ahora no tienen clara su ruta . Viajando están aprendiendo español, así que les animamos a recorrer hasta la Patagonia. “¿Seguro que México no es peligroso? ¡Hay muchas historias!”. Es la prevención de muchos viajeros sobre este país y el continente, así que se alegran de saber que nosotras hemos viajado sin problemas y que es posible hacerlo.

“Eh, ¡hola! ¿Han probado las almejas chocolateadas de Loreto? Esperen, las invito. Hijo, ¡trae también unas chelas!”. Así conocimos a Paloma del Valle, el nombre artístico de esta cantante local que estaba de cumpleaños y al ver dos mujeres que hablaban español se emocionó. Nos contó su vida por la Baja: originaria de un rancho cercano, haciendo vida de Tijuana a Los Cabos, en sitios buenos y malos, con sus santos y amuletos protectores. Todo mientras nos abría las enormes almejas frescas. “No más pongan limón y si gustan cátsup y chile. ¡Provecho y salud!”. Horas de plática, al borde del mar, resguardadas del frío viento tras una escollera.

Gentes siempre dispuestas a compartir su vida, su tiempo y sus delicias en la especial Baja. Cada día tienes una sorpresa en estas tierras solitarias pero ricas en encuentros. Por cierto, hasta vivimos otro temblor, breve pero de 6.3. Recién estábamos despertando, pero en nuestra carpa rodeadas de palmeras fue menos estresante que los vividos dentro de un edificio en Ciudad de México. Las placas tectónicas que luego se convierten en Falla de San Andrés están en medio del Mar de Cortés. Y no estamos lejos de esta línea!

Dejamos Loreto y el cámping (los últimos días fueron gratuitos, por problemas de fontanería y "se pueden quedar lo que quieran" pero era hora de partir). Augusto y Cristina fueron los siguientes en aparecer en nuestra ruta. Nos llevaron hasta Mulegé, una centena de kilómetros al norte, en su carro de alquiler. “Somos de las Dolomitas en Italia. Llegamos a San Diego, cruzamos la frontera a pié y tenemos un mes para bajar y subir la Baja. Pararemos en algunas playas de Bahía Concepción que no vimos a la ida”. Qué más pedir. Una linda pareja, dominando el español, con visita turística y todo en camino. Grazie mile! Una sucesión de playas llenas de autocaravanas gigantes, de Gringos y Canadienses (cada uno tiene su territorio). Una imagen curiosa, al borde de la Transpeninsular, en un paisaje que recuerda un pasado volcánico, en una bahía casi totalmente despoblada.


En Mulegé nos esperaba Marty de Couchsurfing. Gringo, jubilado, veterano de Vietnam, 75 años de los cuales 15 en este pueblo costero. “Hello, ladies! Let´s go to the bar, I invite you!”. Al rato estábamos sentadas en el Carlo´s Sports Bar&Grill, rodeadas de Gringos. Originarios de los estados despoblados del Oeste de USA (matrículas de Oregon, Washington, Idaho, Dakota, Utah y demás), almas solitarias, muchos hombres, duros de carácter, apasionados por la pesca, veteranos de alguna guerra. Atraídos por el clima, la libertad, la vida marina, el coste de vida de México y la Baja. Nos tocó hablar en inglés, porque casi ninguno aprende español, más allá de “una cerveza con limón por favor”, todos hablan “un pokito” (es decir, nada). Los Mexicanos de la zona hablan inglés básico para atender a toda esta clientela repleta de dólares que mueve la economía de la zona, sobretodo en invierno. Marty es de los pocos que vive permanentemente en Mulegé. Dormimos en su confortable camper, un viejo remolque junto a su casa. Es como llegan la mayoría la primera vez, con una caravana, luego alquilan o compran un terreno, construyen algo. Y se forma una comunidad de Gringos como en Mulegé, otra antigua misión repleta de palmeras al borde de una larga ría con un curioso faro.

Marty, todo un personaje, con sus gallinas, sus pavos, sus tres carros, su lancha, sus torneos de pesca, su sencilla casa llena de cacharros, sus ires y venires a Filipinas para el “boom-boom” y sus compras en California (¡casi todo era comida de Estados Unidos en su casa!). Bebedor compulsivo de Coca-Cola desde el desayuno y con ron a medida que avanzan las horas. Pero siempre atento con nosotras, invitándonos, cocinando y paseándonos. “! Vamonos!”, salud y larga vida para este hombre curtido en mil batallas.

Nos contó de su vida, de Vietnam, de desventuras familiares y amorosas, de sus amigos y de la felicidad encontrada en Mulegé. Una vida solitaria. Con la visita de su único vecino Mexicano, aprendimos que la Baja es tierra de peleas de gallos, de pesca, de ranchos, de actividades varias ilegales, de arreglos con autoridades y Gringos. “Yo soy coyote, de dos patas, acá en México todo es posible, el dinero todo lo puede”. Dentro de la visita, Marty nos mostró el barrio de la ría que arrasó el último huracán, él, por suerte, vive en una loma. Pero ya están reconstruyendo el barrio, lugar favorito de Gringos. Allí conocimos a un Californiano que, según Marty, es millonario, un ranchero cultivador de marihuana. Fuimos a otro bar de la colonia gringa, a rebosar el viernes tarde (las costumbres son las costumbres), donde Marty vende los huevos de sus gallinas.


Preferimos el ambiente del local de Carmen e Isis, su hija, Mexicanas. La vida de Carmen da para una telenovela. Su abuelo vino de Francia a trabajar a la mina de Santa Rosalía, que explotaba una compañía de este país, se enamoró de una Mexicana y al volver a París nació su padre, quien regresó a la Baja como contable de una mina de yeso. Carmen nació en esa isla-mina frente a Santa Rosalía. Ahora las minas las han reactivado los Coreanos. “Tengo la suerte de tener pasaporte Francés, aunque no hablo el idioma. Después de muchas vueltas de la vida (que os ahorramos), conoció a John, otro solitario, veterano de Vietnam, se casó de nuevo y ahora lleva una vida tranquila y plena con su viejito y hasta le quedará la pensión. Isis también está feliz con su Gavacho (como les dicen a los Gringos por el Norte de México), lo conoció en el pub de enfrente una noche y ahora vive entre México y Estados Unidos. “Qué vueltas da la vida, ¿verdad? Falta ahora un viajecito a Francia con Isis, nunca fuimos a re-encontrar nuestros orígenes”.

Una linda mujer, Carmen, que nos invitó a una Pacífico bien fría. Compartíamos barra del bar con un hombre silencioso, hasta el momento, escuchando la vieja historia novelada con una sonrisa. Típico vaquero norteño: sombrero blanco de ala ancha, jeans oscuros, una enorme hebilla al cinturón, impoluta camisa de cuadros, un bigote repeinado, dientes de oro, puntiagudas botas de cuero encerado. “- Las ví hoy paseando por la playa de Santispac. Yo andaba de tour a caballo con unos Gringos. –Hoy saliendo vimos un remolque con caballos. Sería usted. ¿Es el del anuncio grande junto al arco, Osuna Tours? – Yo mismo. – Conocimos a una Osuna en Loreto, Paloma del Valle. ¿Son familia? – Sí, la cantante, ella es todo un personaje en la Baja. Nuestra familia siempre fue de rancho y de caballos. Soy de los pocos que no ha marchado al otro lado. No quiero ir, eso que tengo el visado. No me gusta esa vida de allá, aunque si voy, sé que no voy a volver. Acá vivo tranquilo, hago buena lana con los tours y ya tengo un nieto. – Cuidado con él, ¡es un tremendo! Ahora se nos pone sentimental”, decía Carmen.

Mientras tanto John se comía una hamburguesa junto a la hoguera, los días estuvieron fríos y ventosos en Mulegé. Llegaron clientes, con sus perros oliendo a Suavitel. “Margarita por favor”, una de las bebidas preferidas de los Gringos (Tequila, limón y sal)). Llegó un viejito en bicicleta. Todos se saludan. “- Hi. Where are you guys from? – Colombia and Spain. – Really? Where in Spain? – Basque Country. – Oh, you are the smallest Basque I´ve ever met!”. Nos reímos todos. A los Gringos siempre les gusta primero preguntar de dónde eres. Y John nos contó que en la pequeña capital de Idaho natal, Bloise, vive la mayor comunidad de Vascos fuera de Euskadi. ¡El mundo es realmente pequeño! Y la Baja siempre está llena de sorpresas y encuentros, con las gentes más insospechadas. Como cuando a última hora llegó al bar una pareja de jóvenes en una vieja furgoneta. ¡Un Brasileño y una Indonesia, acá en Mulegé, tan lejos de todo! La Indonesia no pudo creer sus oídos cuando la saludamos en “Bahasa”.

La aventura no ha hecho más que empezar. Toda una Humanidad por la remota y solitaria Baja, historias mínimas con las que aprendemos a diario.

Continuará. Aún nos queda más de la mitad de la ruta peninsular por recorrer.

Para ilustrar la crónica, mira la FOTOGALERIA Baja California (parte 1).

Comentarios

  1. Muy intensa y amena descripción, tanto del paisaje, como, sobre todo, del"paisanaje". Desfilan por el relato personajes de mucho calado e interés. Bien descritos y es de elogiar el cariño que se trasluce en la descripción. En mi opinión sería conveniente acompañar con fotografías, siquiera de las caras de personajes tan atractivos, el relato. Claro que tampoco está mal dejar a la imaginación del lector el trabajo.

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